La profunda ignorancia que aún existe
sobre la Reencarnación se aprecia en afirmaciones muy
ageneralizadas como éstas: “Dios me ha castigado con esta enfermedad.
¿Qué culpa tengo yo de lo que hice en otra vida, para
tener que pagarlo en ésta?” En esa ignorancia se equipara a Dios
con la mentalidad humana tan cambiante y egoísta; capaz de ofrecer
promesas a cambio de lo que se pretende conseguir, ignorándole
cuando van bien las cosas o criticando su postura si se ven desfavorecidos.
O por otro lado, se espera el premio de un Cielo por las buenas obras,
o el Infierno eterno por ser unos pecadores. Cosas así aún
se escuchan con frecuencia, a dos pasos del nuevo milenio; mientras
otros, despojados de la carcoma de su traje viejo, han hecho resurgir
de su interior al hombre nuevo que sueña y se prepara para vivir
en la Nueva Era de la Regeneración.
Por eso es tan necesario que la Luz, como
indicaba el Maestro de Nazaret, esté sobre el “celemín”;
ya que hora es de que todos los seres humanos descubran las eternas
y controvertidas preguntas que han marcado parte de sus vidas: ¿Quién
soy? ¿De donde vengo? ¿Por qué he de sufrir? ¿Para
qué luchar si todo acaba con la muerte? ¿Por qué
me siento atraído por personas de mi propio sexo? ¿Es
posible reencarnar en un animal?
Es por tanto la Reencarnación una
de las Maravillosas Leyes Divinas, por la cual se hace comprensible
para la humanidad tantas preguntas sin respuesta, como las desigualdades
que existen en este nuestro planeta-escuela que es la Tierra. A la vez,
manifiesta una nueva comprensión de Dios mucho más extensa;
que provee a sus hijos de cuantas oportunidades necesita a través
de distintas vidas para adquirir conocimiento y evolucionar, regresando
junto a Él para vivir eternamente, tras alcanzar el espíritu
humano la emancipación de los mundos físicos cuando consigamos
ser, como bien nos dijera el sublime Jesús: “... Perfectos como
mi Padre es perfecto”.
Si nos remontamos en el tiempo a través de nuestra propia historia,
podemos descubrir que la idea de la Reencarnación ha estado plenamente
instalada como algo natural en las creencias ancestrales de toda Asia,
Caldea, Egipto, en los pueblos celtas de Europa y prácticamente
en el fundamento esencial de todas las grandes religiones. También
fue sostenida por filósofos como Sócrates, Pitágoras,
Platón, Apolonio de Tiana, etc. Y tanto Jesús como sus
apóstoles y discípulos no sólo la conocían,
sino que creían firmemente en ella, predominando durante los
primeros siglos del cristianismo por toda Europa, hasta que en el año
553, en el Concilio de Constantinopla, promovida por el emperador Justiniano
I y refrendado por el Papa Virgilio, se promulgó una ley que
decía: “Todo aquél que sostenga la mítica idea
de la preexistencia del alma y la maravillosa opinión de su regreso
será anatemizado”.
Luego vino toda aquella época de
oscurantismo en la cual fue ocultada y perseguida durante siglos por
los convencionalismos religiosos del clero católico, que disfrutaba
de un gran poder político y social.
Muchos son aún los seres humanos
que rechazan la idea de la Reencarnación, por el concepto tan
limitado que tienen del tiempo y del espacio, ya que al estar su mentalidad
formada en la creencia de una sola vida humana que acaba con la muerte,
y que con ella se termina todo, les asusta la idea de vivir una y otra
vez, aferrándose en su ignorancia a lo conocido y tradicional.
Muchos hay también que se aferran como
el crustáceo a la roca de sus convicciones, cerrándose
en banda y no queriendo escuchar nada que sea diferente a ellas. Y unos
por miedo y otros por escepticismo, no se molestan ni siquiera por ver
qué hay de verdad en esos nuevos y desconocidos conceptos para
ellos.
Verdaderamente, el día en que el ser humano
sea consciente de la grandeza de su destino sabrá desprenderse
mejor de todo aquello que le empequeñece y rebaja. Sabrá
gobernar y gobernarse según las leyes que rigen su propia vida
y vivir en armonía dentro de una sociedad que también
adelantará en el tiempo sus leyes y su forma de proceder en su
cumplimiento.
Cuando el hombre quiere ignorar su destino y
vive enmedio de la mentira y del error, maldice a veces su propia vida,
por ignorar que ésta es una más de las muchas oportunidades
que Dios, en su Amor le ofrece a través de la Reencarnación
para el progreso de su espíritu, ya que es el único que
continuará viviendo en el tiempo y en el espacio por toda una
eternidad.
El término Palingenesia, proviene del
griego Palin (de nuevo) y génesis (nacimiento), o sea “nacimiento
de nuevo”. Este vocablo, usado en las escuelas filosóficas y
espiritualistas para referirse a la ley que rige los renacimientos,
comprende los procesos en toda manifestación de vida en todos
los reinos: Mineral, Vegetal y Animal.
Sin embargo, la diferencia que existe entre ésta y la palabra
Reencarnación (del latín Incarnare, en carne), significando
las dos lo mismo, es que esta última se refiere al renacimiento
en la carne sólo en las etapas animal y humana
Si abordamos el tema de la Reencarnación
desde una postura puramente científica, sería necesario
analizar los miles de casos médicos archivados y que apuntan
inequívocamente hacia ella como la mejor explicación.
Se trata de personas que, por alguna razón (como un estado de
shock o traumático) han comenzado a recordar su vida anterior
con tal precisión que sus datos han podido ser constatados sin
error alguno.
El caso de los niños prodigio, que veremos con más detenimiento,
y de ciertas fobias manifestadas en ciertas personas también
apuntan en la misma dirección.
Con mucha frecuencia las nuevas ideas y muchos
descubrimientos, han sido y son rechazados por los retrógradas
detractores que ha habido en todos los tiempos, y en todas las ramas
del saber y del conocimiento humano.
El filósofo y notable médico español, Miguel Servet,
en 1537 expuso su teoría de la circulación de la sangre
y de la función de las válvulas del corazón, enfrentándose
en contra de la oposición cerrada de todos sus colegas. Hoy,
sin embargo, nadie se atrevería a negarlo.
Un ejemplo de los innumerables que podríamos citar y que da idea
de la fuerza que debe ser imprimida en las nuevas ideas para que terminen
prevaleciendo entre las viejas y caducas estructuras del pensamiento
de cada época.