Para mí,
es difícil hablaros de estos temas, primero porque estos aspectos
de la vida en los que voy a tratar de profundizar son muy problemáticos
y complejos ya que es preciso acompañarlos de un análisis
y de unas reflexiones bastante profundas; y segundo, porque si tuviera
que hacer como decía el Maestro: "quien esté libre de
culpa que tire la primera piedra" para poder hablaros de ellos, yo no
estaría ahora mismo sentado aquí entre todos vosotros
para decir ni una sola palabra al respecto.
Yo estoy seguro, queridos hermanos, que todos en alguna ocasión
os habéis sentido como el discípulo de la parábola,
tan halagados cuando os han adulado con algún que otro piropo,
como ofendido cuando os han increpado con una sarta de insultos despreciables.
Es normal que en los humanos surta este efecto cuando alguien dirige
a otro una serie de palabras con una cierta intención, que produce
un efecto de satisfacción o de indignación.
Pensad, por otro lado, que no siempre son los insultos o los halagos
los que producen este tipo de efectos, con frecuencia los Maestros suelen
poner a sus discípulos en ciertas situaciones para ver como reaccionan,
los ponen a prueba aunque para ello no necesiten decirles absolutamente
nada.
Y ved entonces qué es lo que sucede: algunos, cuando se enfrentan
a estas pruebas no les dan mayor importancia —si es que la llegan a
tener— y responden moderadamente porque no se dan por aludidos; pero
otros sin embargo, entran encolerizados en una de esas rebeldías
propias de la inmadurez, a pesar de la edad que tengan, quejándose
abiertamente sin ningún tipo de consideración, porque
se sienten víctimas inocentes de esa situación y no ven
más razones que las suyas, como lo hacía nuestro joven
discípulo.
Estos no llegan a darse cuenta que con sus penosas
quejas no hacen más que ponerse en el más evidente ridículo
ante los demás, porque su orgullo ciega hasta la propia dignidad
de hombre.
Cuando recibimos las adulaciones
de otras personas sentimos que nuestro ego personal y humano crece
de satisfacción, de gozo, de dicha. Es un dulce placer, incluso
a veces hasta eufórico, que nos hace sentir profundamente complacidos
y en la que nuestra persona se deleita realmente entusiasmada.
Pero no nos engañemos,
mis queridos hermanos, esa satisfacción en la mayoría
de los casos se camufla y se confunde con ciertas actitudes que traen
de cabeza al ser humano, como son el orgullo y la vanidad.
En toda vanidad suele existir un móvil,
o sea, una excusa, una causa, un pretexto en el cuál se suele
basar la persona vanidosa para querer darse importancia y consideración
a su conveniencia.
Y es por causa de este móvil que estas adulaciones llegan a producir
en la personalidad humana un exceso de importancia o de estimación
propia, vertida en este caso sobre el nombrado móvil, por ejemplo
sobre alguna de sus pertenencias: el coche, la casa, sus objetos personales
y de valor o de aquellas personas a las que tiene a su cargo como la
familia, los hijos, el cónyuge etc.
Gracias a este móvil, el vanidoso tiene
un motivo o una razón, su propia razón, en la que se basa
y alega como rotunda justificación y prueba de la supremacía
de su persona ante otra u otras.
A veces, en este estado de orgullo se manifiesta un desprecio por todo
lo que es ajeno, sobrevalorando, en ocasiones de forma irracional, lo
que uno posee.
También se autoclasifica como superior y ve a los demás
como seres inferiores en un status social, cultural o económico
más bajo.
Así, es frecuente incluso que en estas
condiciones se entre en las terribles fases de la ira, la rabia, la
irritación cuando se le contradice o no se estima ni aprecian
sus consideraciones en la medida que él precisa y necesita para
ser adulado; por aquello de que no se le da la importancia o el valor
que su dueño cree que tiene y que se merece.
Fijaos en un sencillo ejemplo: supongamos que alguien lleva a cabo un
trabajo, que a ojos vista de los demás permanece su colaboración
en el más absoluto de los anonimatos. Durante una temporada su
nombre sale a relucir en él y todos admiran este trabajo, después
su nombre se suprime, aunque este siga realizando la misma labor. En
estos casos, que muy a menudo se dan en el mundo de las artes gráficas,
suele surgir la vanidad con gran facilidad, porque muchos piensan que
sino figuran ante los demás no se les reconoce el mérito
que se merecen por su esfuerzo, rebelándose frenéticamente
ante esta falta de reconocimiento. He ahí como actúa la
vanidad.
Entonces es fácil preguntarse ¿qué les importa
más su trabajo o el mérito que reciben de él?
Esta rebeldía depende del grado de susceptibilidad
y de los prejuicios que el individuo posea. Los sujetos susceptibles
son, por lo general, aprensivos y escrupulosos, manifestando terquedad
y obstinación en sus criterios y modos de vivir y actuar.
Cuando la vanidad sale a relucir en la persona,
ésta comienza a sentirse protagonista de excepción, quiere
resaltar, sobresalir, predominar, distinguirse ante los demás
con claras diferencias sea como sea.
Es fácil reconocer al vanidoso porque siempre desea salir en
todas las conversaciones. Siempre habla de sí mismo de que él
también estuvo allí, que al él también le
pasó algo parecido, siempre quiere salir a relucir ante los demás
para que se note que él sabe, conoce, ha estado etc. y no quedar
de menos ante los otros, por lo que muchas de estas conversaciones siempre
acaban ablando de él cuando empezaron sobre un tema cualquiera.
Piensan premeditadamente que "el fin justifica los medios", por lo que
muchos humanos necesitan recurrir a la vanidad para sobresalir y figurar
por encima de todos.
Cuando la vanidad no alcanza
a realizar sus deseos, surge entonces la envidia.
La envidia ejerce sobre el sujeto una tenaz
influencia por el bien ajeno, es un sentimiento de deseo y competencia
hacia otras personas. Por este motivo nos daremos cuenta de que la
envidia provoca una gran rivalidad entre los hombres además
de odio, rencor y resentimiento.
La vanidad es todo lo contrario de la humildad, ya que cuando la persona
es humilde evita la adulación y el reconocimiento público
de sus actos, de sus atributos, o cualidades, sobre todo cuando esté
otras personas.
Huye de la admiración y constantemente
tiene más presente sus defectos que sus virtudes, ya que se considera
falto de perfección para tal reconocimiento.
La humildad es una natural tendencia de la Naturaleza Espiritual, no
así como la vanidad, que es totalmente un producto de la Naturaleza
Humana.
Las personas dotadas de humildad son seres sencillos, honestos, piadosos,
indulgentes y con una gran benevolencia. Suelen estar dotados de una
gran humanidad que enriquece a su Espíritu y huyen de cualquier
situación que haga pensar a los demás que desean destacar
por sus méritos ante otros.
En cuanto a la vanidad, podemos observar que existen diferentes estados,
manifestaciones y expresiones de ésta según sea el caso,
las circunstancias e incluso la misma persona, pues todos reaccionan
de distinta forma ante un mismo hecho.
Tenemos como claro ejemplo, al vanidoso que crea algo en su vida, en
cualquiera de esos oficios artísticos y creativos en los que
él es el artífice o el autor de la obra que crea. Por
ejemplo, si es escritor, músico, pintor o realiza cualquier otra
arte de este tipo, es normal que el autor tenga una necesidad de mostrar
su obra con tal de que se le dé algún tipo de reconocimiento,
sea cual fuere.
Ante esta situación, que nos plantea la vida, una persona puede
reaccionar de varias formas: con humildad y con vanidad.
Cuando se reacciona sin humildad es fácil
descubrir al vanidoso que incluso gusta de recrearse en exceso poniendo
un exagerado énfasis al mostrar lo que posee.
Por el contrario, si de verdad este autor fuese humilde, sabría
que el mejor de los reconocimientos se encuentra cuando los demás,
por sí mismos o en cualquier posibilidad que se les presenten
para conocer dicha obra —fuera de lo que es por su propio autor— reconozcan
si de verdad merece o no tal reconocimiento.
Cuántos autores han pasado desapercibidos hasta que por diferentes
vías —que no por ellos mismos—, se han dado a conocer sus obras;
cobrando entonces el merecido valor de no ser ellos mismos los que así
busquen un protagonismo que ni siquiera admiten como tal.
Esa es la causa
principal de que la vanidad sea difícil de extirpar en la naturaleza
del hombre; porque es tal su sutileza, que más a menudo de lo
que nos pensamos pasa completamente inadvertida por entre las intenciones
de los humanos.
Fijaos bien, como algunos hombres suelen decir cuando se les recrimina
por vanidosos: "es que esa no es mi intención", "yo mis intenciones
las tengo muy claras", o llegan a arropar estas intenciones con un emotivo
sentimiento que les da seguridad cuando detrás, en la penumbra
de la personalidad humana, no caen en la cuenta de que se esconde una
traicionera porción de vanidad.
Cuando alguien en este apartado de lo artístico
es creador de su obra, cuanto más, que piensa que no es suya
o que ha sido inspirado para ello —como pueda serlo cualquier tipo de
mediumnidad—, entra en un delicado juego que le puede dejar en un mal
lugar.
Su euforia interior, adornada de sentimientos nobles y buenos, le puede
hacer caer estrepitosamente en la vanidad sin darse la menor de las
cuentas.
Ocurre, que todo lo que conforma la obra que crea este autor no ha de
significar gran cosa para él, porque las obras de los hombres
tienen una proyección hacia los demás, en beneficio de
terceras personas y el verdadero autor humilde sólo siente satisfacción
cuando este efecto surge.
Decía el Maestro: "que tu mano derecha no sepa lo que hace tu
mano izquierda" ¿Porqué? Para no caer en la vanidad ,queridos
hermanos. En realidad, ésto del silencio oculto de la mano derecha
y de la mano izquierda, un vanidoso no podría cumplirlo jamás;
como tampoco el compartir un honor, o rechazar el éxito.
Porque la mejor de las obras, hecha con una sincera y sentida humildad
que todos pueden visiblemente apreciar, se firma con el seudónimo
del anonimato que rechaza el protagonismo y el reconocimiento con una
rotunda y verdadera modestia.
Podréis apreciar entonces la clara diferencia
de aquellos autores vanidosos que se sienten fracasados por la falta
de reconocimiento hacia sus obras y de aquellos otros que, humildes
también, se sienten fracasados porque las suyas no producen ningún
beneficio positivo esperado hacia otras personas.
Hay individuos que sienten una gran decepción o desencanto con
la gente, porque piensan que su obra es muy buena, que él es
mejor y su trabajo de mayor calidad que la de los demás; y que
por lo tanto, ha de promocionarla ante otros —por decirlo de alguna
forma— para encontrar ese reconocimiento. Pero en realidad, no saben
que quizás no sea su tiempo para que este reconocimiento, que
en algunos casos es la fama, llegue cuando ellos quieran.
Tenemos el caso de célebres y prestigiosos autores de libros,
operas, obras de arte… que pasaron totalmente desapercibidos en su tiempo;
algunos, incluso desprestigiados en su olvido contemporáneo,
sin encontrar el mérito ni el honor a sus trabajos hasta que
no pasó un largo tiempo.
El ejemplo de muchas personas en nuestra historia nos da una clara muestra
de ello: Teresa de Jesús, Francisco de Asís, Gandhi, entre
muchos otros, fueron grandes avatares de la humildad, pero no de una
“humildad postiza” que muchos creen ponerse superficialmente sobre su
personalidad, como el lobo de la fábula cuando se disfrazaba
con la piel de cordero, sino la auténtica, la que se siente espontáneamente,
con sinceridad y grandeza de Alma, la que es tímida y modesta
ante las adulaciones externas y no responde jamás a ellas.
Esa timidez y modestia que se manifiesta en el humilde, en no querer
mostrarse ante los demás, ese hacerse de rogar en muchas ocasiones
ante las peticiones de otros, es lo que caracteriza en verdad a una
persona humilde cuando la naturalidad de sus intenciones salta a la
vista y a nuestro corazón.
Por eso, la humildad esta caracterizada por un sentimiento natural de
sinceridad de las propias limitaciones y faltas, antes que de las propias
capacidades o virtudes.
Y es que para alcanzar la humildad verdadera, no se puede conseguir
por otra vía que no sea por la anulación completa y total
de todo sentimiento de vanidad y de orgullo en la personalidad de los
seres humanos.
Cuando se toma la iniciativa de proponerse uno ser humilde de corazón
y no responder a las tentativas del mundo, se va evacuando del interior
toda la vanidad que allí se aloja, para dejar una vacante que
ocupa, poco a poco en nuestra vida, la humildad.
A medida que este vacío se va produciendo, se ha de acompañar
conjuntamente con una valoración de la vida justa y ecuánime,
es decir, que se ha de estimar y apreciar todo en el ser humano: los
atributos, las cualidades, los defectos, las virtudes, las capacidades
y torpezas; por un lado con sinceridad y por otro en su justa medida,
porque las exageraciones también son un signo inconfundible de
vanidad y de orgullo.
No se ha de desear sobresalir más que nadie ni por encima de
nadie, porque en realidad, a través de la humildad uno llega
a la conclusión de que no hay mayor importancia en la vida que
llegar realmente a ser uno mismo; y no por la ostentación de
unos méritos que quizás no merezcamos, sino porque con
humildad cada uno sabe el lugar que, para bien o para mal, en verdad
le corresponde.
Toda persona humilde se siente indigna de cualquier adulación
o elogio, es decir, no se considera merecedor de este tipo de reconocimientos
que tanto necesita el vanidoso para alimentar a su ego, porque no considera
su valía apropiada a la calidad de algo o al mérito de
otra persona mejor con la que se puede comparar, es por eso que el humilde
no se compara con nadie más que no sea con él mismo.
En la vanidad suele existir en muchos casos un rival contra el cual
se lucha ferozmente; vemos el caso de vecinos que pugnan entre sí
a ver quien es el que posee mejores electrodomésticos, quien
tiene el mejor coche, quien tiene el hijo más inteligente, que
familia viste mejor, quien gasta más, etc. Y
es que la vanidad produce en el ego humano una imperiosa necesidad de
ostentación inspirada en un alto concepto de los propios méritos
y un vivo deseo de ser admirado por los demás, sobre todo, si
cabe, ante el rival o los rivales si los hubiere.
En un estado de vanidad el individuo suele caer en la presunción,
sobre la cual se apoya para presumir o alardear de sus cualidades, atributos,
obras propias o posesiones.
Porque la vanidad es una exaltación exagerada —y a veces sin
control— de la propia personalidad del ser humano hasta considerarla
como el centro de la actividad y la atención general.
Se manifiesta con un desmedido amor por sí
mismo, manifestado por la defensa exclusiva del bien propio sobre el
de los demás y en la búsqueda del interés personal.
Por eso con la vanidad es fácil
caer en las redes de la egolatría, que resulta del culto excesivo
a la propia persona y del narcisismo, que es una fascinación
que siente una persona de sí misma, de sus cualidades físicas
o morales.
Y ésto nos lleva a
pensar, queridos hermanos, en el riesgo y la probabilidad de que por
la vanidad se pueda llegar a la obsesión con todas sus desastrosas
consecuencias, porque la vanidad y el orgullo en un grado extremo
produce una ceguera que ofusca y perturba al ser humano, y ésta
es capaz de inducirle a cometer actos fuera de todo razonamiento prudente.
Casos como crímenes, delitos de todo tipo, disputas, malos
tratos, y desordenes de cualquier género se producen por el
descontrol que puede producir una persona fuertemente violentada por
sentirse herida en su vanidad más profunda.
El vanidoso suele ser calculador
y medido, intuitivo o por el contrario espontáneo, según
sea el tipo de carácter de su personalidad; ya que la vanidad,
al ser una fuerza inteligente y poderosa, se camufla como el camaleón,
en la espesura de la naturaleza del hombre.
Son personas muy dadas a las críticas
y también propensas a las murmuraciones, sobre todo si se trata
de comparar y valorar lo de uno con lo de los demás, desacreditando
así a sus rivales. Estas críticas van de cara a censurar
con malas maneras, la conducta, el comportamiento o los bienes y posesiones
de otra persona.
Porque su mente, intoxicada con el veneno de la vanidad, emite una
serie de juicios de acuerdo con unas reglas: sus reglas y normas,
que él mismo ha determinado. A veces son incluso crueles, ya
que se complacen en hacer o ver sufrir a su rival a pesar de ser conscientes
de ello.
Veamos ahora la otra cara de
la moneda. Dejemos a un lado todas aquellas palabras que sirven en
el lenguaje humano para la adulación de la persona y veamos
qué efecto producen en el hombre todas aquellas situaciones
que surten un efecto totalmente distinto.
Cuando una persona de siente aludida e identificada por unas palabras
o por una situación en la vida que le hieren en su vanidad
o en su amor propio se produce la humillación.
El sentimiento que indigna
a la persona por sentirse humillado suele ocurrir a menudo, porque
la persona siente que se le degrada en la medida que bien o mal se
le considera y por tanto se le ofende.
En un estado de humillación
las respuestas emocionales son diversas tanto como distintas. El humillado
puede sentir bochorno, una gran y profunda ofensa, vergüenza,
indignación, o por el contrario sensación de ridículo,
frustración, cobardía, apocamiento, como si la persona
se anulara y fuese incapaz de reaccionar por el miedo y la falta de
valor.
Otro de los motivos fundamentales del sentimiento doloroso de la humillación
es cuando, a través del insulto o de la falsedad tergiversada
de la verdad en la realidad de los hechos, se perjudica o se daña
el orgullo de la persona.
Otra causa puede ser cuando
la persona, inflamada de vanidad, se siente inferior a otra o a otras,
no pudiendo seguir el tren de ostentación dentro del "modus
vivendi" del entorno de la sociedad.
Una vez llegada la humillación
en el ego personal, caben dos comportamientos bien distintos:
Hay individuos que reaccionan con una sumisión
total, que se produce por la incapacidad interior de reaccionar ante
la situación por un sentimiento de insuficiencia personal ante
el agresor, en este caso verbal.
El enfado violento que produce este estado de inconformidad ante la
injusta valoración de aquello que le motiva para actuar siempre
a la defensiva, cuando la persona manifiesta un carácter agresivo
producto de una personalidad provocadora y colérica que se
ofusca al primer síntoma de humillación.
Son personas éstas
de un género de actitud fácilmente irritable, susceptibles
e impulsivas, que reaccionan sin juicio alguno, tan sólo por
el empuje de su herido amor propio, porque viven con su ego personal
"a flor de piel", es decir, viven con, por y para la vanidad de su
naturaleza humana.
La humildad, queridos hermanos,
es un sublime aporte de nuestra Naturaleza Espiritual; por eso, es
uno de los caminos más viables y efectivos para poder ser una
adquisición en todos nosotros es el estudio, la asimilación
y la práctica del Conocimiento Espiritual unida a la autoobservación
de uno mismo en sus defectos y virtudes y de su entorno, de la acción
y reacción de las personas que viven en nuestra vida.
Ante estos argumentos podremos
preguntarnos: ¿Entonces, por qué se hace preciso tener
que hablar bien de los demás?
¿Por qué es bien necesario, queridos
hermanos, hablar correctamente, en su justa medida, sin atropellos
ni exageraciones que puedan poner en un mal lugar a nadie?
La respuesta en bien sencilla
y está al alcance de todos. Debemos de encontrar las bellezas
que hay justamente en las palabras y donde se crean éstas:
allí, en el interior del ser humano, en su mente y en su corazón,
dando una sincera nobleza a nuestras intenciones y actitudes.
Hablar es fácil, es
fácil mentir, criticar, insultar; pero, qué difícil
resulta a menudo, queridos hermanos, amar de corazón a través
de las palabras, ser sincero, humilde con uno mismo y ante los demás,
pedir perdón, admitir que uno se ha equivocado o que no tiene
razón, etc.
Los humanos suelen vivir a
menudo en un mundo de conversaciones estériles, inútiles
y demagógicas donde todo se cuestiona y se pasa por el tamiz
de la razón en auténticos "diálogos para besugos",
sin detenerse a meditar un poco que en su interior existe un Ser Espiritual
que también se siente inspirado por otro lenguaje totalmente
distinto.
Si la humildad comienza a
conquistarse por ser sinceros, os contaré que yo soy una persona
vanidosa. Sí, queridos hermanos, yo también tengo mi
vanidad de hombre; pero en realidad, este hecho no me preocupa en
exceso, porque meditando y profundizando mucho en mí mismo
he sido capaz de llegar tanto a ella que me he hecho amigo de mi propia
vanidad.
Si no fuese así, no
hubiera podido contaros todo ésto que he llegado a conocer
gracias a ella. No he leído libro alguno para informarme ni
de la vanidad ni de la humildad, todo este conocimiento que os trasmito
me lo ha contado mi propia vanidad, para que yo os lo cuente a vosotros
y podáis aprender algo de esta experiencia.
No es que ya haya llegado a
ser una persona completamente humilde, liberada de la vanidad, ¡qué
más quisiera! No, todo lo contrario; pero después de
todo estoy contento, porque tras largos e intensos años de
mi vida he aprendido a vivir aceptándome tal y como soy y buscando
incesantemente ser mejor cada día y en cada una de mis realizaciones,
con todas las bazas que Dios pone siempre al alcance de todos sus
hijos. Sólo tenéis que buscar dentro de vosotros y allí
están: herramientas, utensilios, instrumentos de todo
tipo en el interior de uno mismo.
¿Veis como yo soy también
un poco vanidoso? Espero que después de ésto alguien
venga y me dé una palmadita en la espalda para decirme: ¡qué
bien lo has hecho! ¿Y
como puede hacer uno amistad con sus propios defectos?, me diréis.
Fijáos bien, en la medida que uno se
propone observarse interiormente y llegar a localizar sus defectos
y virtudes empieza a darse cuenta de dónde están, de
cómo son, de qué alcance tienen esos conflictos de la
personalidad humana que yacen ocultos en él, si no los puede
dominar, si se le escapan de las manos, si son más fuertes
que él etc.
Cuando llegué
a este punto comencé a buscar una tregua diplomática con
todos ellos, porque cuando logré visualizar todo mi interior
observé que éste era como un terrible campo de batalla,
donde mi vanidad tenía un poderoso ejercito que se enfrentaba
constantemente contra mi personalidad, poniéndome en evidencia
y en ridículo cada vez que ganaba una batalla.
Me acordé de aquel general que decía: "divide y vencerás".
Y aprendí entonces que, como en la guerra, no podía ganar
todos los enfrentamientos por el uso drástico de la fuerza de
voluntad, tenía que utilizar otras artes, otra fuerza, la inteligencia.
Entonces, pensé que en vez de cambiar drásticamente
podía trasformar unos elementos por otros, de defectos a virtudes
de una forma tan sutil que ni ellos mismos se diesen cuenta.
Fue cuando comencé a seguir constantemente los movimientos de
mi propia vanidad, la vigilaba como si fuese un espía, y al cabo
del tiempo llegue a comprender su forma y manera de actuar en mí.
Conocía sus pasos,
saboreaba su aroma cada vez que me comprometía en cualquier situación,
hasta que no me costó trabajo el poder reconocerla cada vez que
actuaba.
Porque la vanidad es muy escurridiza, se ocultaba en lugares de mi propia
personalidad que ni yo mismo conocía hasta entonces; por eso
me encontraba siempre en desventaja y desorientado, así que con
el tiempo llegué a localizarla en su guarida he hicimos un pacto.
Llegamos al acuerdo de que a partir de entonces dejaría actuar
libre a mi humildad a cambio de no luchar contra ella, y allí
en lo más profundo de mi ser podría actuar a su antojo.
Lo que no sabe mi vanidad es que con el tiempo ese espacio en el exilio
que pactamos se reduce cada vez más y llegará un día,
dentro de quien sabe el tiempo, que ya no le quedará lugar donde
vivir y no tendrá más remedio que trasformar su actitud
en otra totalmente distinta, porque entonces ya no tendrá motivo
alguno para actuar de esa manera tan egoísta.
Cuando uno se ejercita de esta forma, y además permanece en constante
vigilancia, observa también cómo actúan las demás
personas y se acaba por descubrir fácilmente la vanidad y la
humildad de los demás, con lo cual ésto le ayuda para
ver hasta qué punto uno reacciona igual o por el contrario detesta
este tipo de conductas.
Los grandes Maestros desarrollan esta "segunda vista" que, como una
voz intuitiva y sabia, les dice como es cada persona. La desarrollan
como un “sexto sentido" con el único fin de ayudar a los demás,
haciéndoles ver sus faltas y errores, aunque es evidente que
ellos también puedan tener los suyos; porque no podemos esperar,
queridos hermanos, a encontrar al Maestro perfecto que esté libre
de toda imperfección, o defecto. Si así lo hiciéramos
perderíamos realmente el tiempo, ya que ésto es completamente
imposible.
Conclusión: “Sed perfectos como mi Padre Celestial es Perfecto”,
nos decía el Maestro. ¿Se daría cuenta de que lo
decía a unos pobres e ignorantes mortales que se encontraban
muy lejos para llegar a esa perfección? Yo creo que sí,
y si fue una propuesta a los humanos, ¿por qué no como
tales podremos alcanzarla?
Que cada uno reflexione y medite sobre sí, para buscar esta respuesta.
Os deseo mis más profundos deseos de que todos lleguemos a ella.
Hermano Francisco