LA REENCARNACIÓN Y LA TRADICCION BUDISTA

 “El descubrimiento de la Reencarnación me trajo la paz; me gustaría comunicar a los demás la tranquilidad que da el poder ver lo larga que es la vida”.
Henry Ford
 

El Budismo cuenta en la actualidad con cerca de 340 millones de adeptos, surgiendo de ciertas diferencias con el hinduismo, tales como la sumisión ciega del sistema de castas imperante durante milenios en la India que sometían al individuo de por vida a un rol definitivo y, por lo tanto, a la infranqueable barrera que supone a sus fieles el momento de acabar con el karma, el cual parece como un círculo vicioso del que nunca se puede escapar.   

En las enseñanzas del Buda queda reflejada claramente la escasa intervención divina sobre el destino humano, ya que de esa manera el individuo se sobreesfuerza siendo capaz de superar su destino en la Tierra, por más duro y adverso que éste se manifieste, ya que en ellos anida el convencimiento de que en su propia voluntad y en su capacidad para asumirlo está la clave de la superación en vidas sucesivas. 

Libres del error 

El deseo y la ignorancia son los grandes males para alcanzar la iluminación, y como los seres humanos al parecer están muy poco dispuestos a cambiar y enderezar sus caminos, incurren una y otra vez en la “rueda de la vida”, limitados por el dolor y el sufrimiento ocasionados por el fardo kármico, aceptando su condición ya sea humilde o elevada; pues saben que en una vida no pueden dejar su condición para abrazarse a otra por ser  demasiado corta, pero sí superarla para que en la siguiente no mantenga su karma vencido ya en la presente. 
El convencimiento de que si no se obra en consecuencia de una a otra vida, la sobrecarga del karma por el comportamiento negativo hará encarnar en cuerpos de animales es una idea muy extendida. 
 

Al carecer del rigor férreo y dogmático del hinduísmo enseguida aparecieron las primeras comunidades budistas de monjes y monjas, para las que el propio Buda dictó las reglas a seguir. 

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Tibet: la tierra del Budismo 

Las enseñanzas de Buda no tuvieron mucha expansión en la India, su país de origen. Sin embargo, fueron acogidas por pueblos limítrofes que las convirtieron en su práctica religiosa exclusiva, como ocurriría con el Tibet, país donde sus asientos culturales eran totalmente chamánicos antes de su aparición, y de los que han quedado vestigios sumamente importantes, existiendo hasta el siglo VII, en que éste irrumpió, otra religión llamada Bon, que enseñaba la creencia en la inmortalidad del individuo y la existencia de una vida feliz tras la muerte.   

Pese a ello, allí fue donde el Budismo encontró un mayor arraigo, sin afectarle al parecer la coexistencia con las otras doctrinas de la región. 
  
Quizás el particular reducto de aquella tierra rodeada de montañas contribuyera, facilitando el que calara en sus habitantes hasta el punto de que cualquier actividad, por vulgar o cotidiana que fuera, estaba regida por el culto y la práctica espiritual de los monjes y lamas entregados en cuerpo y alma a tal fin, ya que cualquier hecho se confundía con la propia religión y creencia. 
 

¿Podríamos hablar de un budismo especificamente tibetano? Si, pues sin duda es distinto al practicado en Sri Lanka, China o Japón, de ahí que se emplee a veces en vez de budismo la palabra lamaísmo. Para los tibetanos el momento clave de la vida para el que se preparan, es el instante mismo de la muerte, ya que piensan que es la última oportunidad para realizarse espiritualmente y despertar. Dicho de otra manera, el verdadero objeto de la vida es alcanzar una buena muerte. Para lo cual se apoyan en las enseñanzas del Bardo Thôdol, texto procedente de la India y que fue, según cuenta la tradición, escrito por el sabio    

Padma Sambhava alrededor del siglo VII de nuestra era. 

De éste se hicieron varias versiones que cada secta creada en el Tibet adaptó a sus ritos, pero siempre sobre la base del budismo, siendo imprescindible su lectura a la hora de la muerte, ya que hay que indicarle al moribundo cuanto es menester ante lo que se puedan encontrar inmediatamente tras la muerte física. (1) 

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El control de las reencarnaciones 

  Todos los seres sin excepción están sometidos a la muerte y a la Reencarnación, teniendo esta unas características especiales en la clase social de los lamas, pues cuando estos están plenamente realizados pueden, según los propios tibetanos, elegir las circunstancias de su próxima encarnación, incluso el lugar exacto donde ha de efectuarse. En estos cabe la posibilidad de que lo que se reencarna pueda hacerlo en dos o tres cuerpos. Por ejemplo, el espíritu o principio vital en un cuerpo, el alma en otro, y la palabra en un tercero. Este caso queda bien reflejado en la conocida y famosa película de Bernanrdo bertoluchi, “Pequeño Buda”. 

  En el caso de que la muerte les sorprenda sin acabar la misión encomendada en la presente vida, en la inmediata habrán de hacerlo para completarla, de ahí, la importante labor de ciertos monjes —Karmapas— en buscar y descubrir a la presunta criatura en la que el lama ha encarnado para devolverla a su monasterio, educarla y hacer que recupere la personalidad que perdió con la muerte.   

Estos casos concretos a los cuales se les llama Tulkus (Budas vivientes), al contrario de como expusimos anteriormente, encarnan en su totalidad en un solo cuerpo del que se valdrán para acabar la misión cifrada como meta. 

Sin olvidar el caso del niño español nacido en las Alpujarras granadinas y que en su día hizo correr verdaderos ríos de tinta, al ser descubierto como la reencarnación de un alto lama llamado Yeshe, quien antes de dejar su existencia en los Estados Unidos, declaró de que se volvería a encarnar en un lugar del sur de España. Ossel Carmona, reconocido por el Dalay Lama como tal, fue instaurado como abad del templo que erigiera en su anterior encarnación.   

Todos los seres humanos, absolutamente todos, tienen su oportunidad; pues si hay algo que de verdad los iguale, además del nacimiento y la muerte, es el estar regidos por unas leyes extraordinarias bajo las cuales Dios dispuso el progreso evolutivo de toda su creación.   

Por lo tanto, no debe de importar la condición física de cada ser, aunque ésta merme sus facultades, para esforzarse al máximo en crecer espiritualmente, ya que hemos de pensar que somos en la actualidad el resultado de lo que fuimos en el ayer y mañana seremos todo lo bueno o lo malo que logremos conseguir en el día a día de la presente vida. Por algo somos siempre el fruto de nuestras propias siembras, hechas bajo el responsable e intransferible libre albedrío. 

Dejamos aquí el presente capítulo, invitándoos a una profunda reflexión como hicimos al principio de esta sección, sin olvidar que cada momento de esta presente vida puede ser esencial para abrir una nueva puerta en nuestra mente y en nuestro corazón a ese conocimiento espiritual tan necesario para el progreso evolutivo de cada ser humano. Recordemos siempre las palabras del Maestro Jesús: “ Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá”. 

El Budismo esta basado principalmente en las enseñanzas de los Upanishads y en las del Príncipe Siddhartha Gautama, que cambió el boato y el lujo de un palacio y una vida de ensueño material por la búsqueda de su propia paz interna. Siendo llamado después Buda (El Iluminado), se dice que vivió 550 vidas anteriores a lo largo de veinticinco mil años. En su doctrina, El Karma y la Reencarnación configuran el sentido de la vida humana dando explicación a todas las desigualdades de la misma.    

La causa de todos los males reside en el egoísmo, al que hay que tratar de erradicar a toda costa. Para ello hay que seguir el Camino de los Ocho Pasos, que son los siguientes: cultivar y correctamente el juicio, la intención, el lenguaje, la conducta, el medio de vida, la voluntad, el autoexamen y la concentración, a la cual se llega a través de distintas técnicas, entre ellas el yoga.  

  Por lo tanto, quien observa en su vida dichos pasos ha de verse liberado por siempre del fardo kármico. 

Bardo Thôdol significa el libro cuya lectura o audición libera del Bardo. Con este término designan los tibetanos el estado intermedio, la esencia vital de cada individuo desde el instante mismo de la muerte hasta la próxima encarnación. Según expresa Alexandra David-Neel, si este aliento vital en vez de salir por la cúspide del cráneo, lo hace por otros orificios distintos —boca o ano—, la siguiente reencarnación será mala. Para evitarlo el bardo aconseja: 

Conserva firmemente a tu espíritu lúcido… 
 Rechazando cualquier conciencia en un “ego”,
cualquier ligazón a tu ilusoria personalidad,
disuelve tu no-ser en el Ser y queda liberado
”. 
 

El budismo tibetano, cada día más conocido y popular, ha traspasado las fronteras occidentales, encontrando muchos adeptos a través de los múltiples viajes del actual Dalay Lama, premio Novel de la Paz, de actores tan famosos que han abrazado su doctrina como Richar Gere, de libros como Siete años el en Tíbet, recientemente llevado con éxito al cine, donde su autor, Heinrich Harrer, miembro de las SS durante la Segunda Guerra Mundial, cuenta su estancia durante ese periodo de tiempo en el llamado “techo del mundo”, así como la amistad y relación con el Dalay Lama actual durante su juventud.

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